Alberto se encogió de hombros. Continuó Hurtado.
—¿También la poesía? —Alberto respondió que sí con la cabeza.— Está usted de chanza. —Alberto volvió á encogerse de hombros.— Pues qué quiere usted que le diga: yo, mísero empleado de una casa de banca, me moriría de desconsuelo si no tuviera por sostén ciertas facultades poéticas. Por de contado, y sin el amor de Leonor. Pero, quien dice amor, dice poesía. Leonor es mi musa. Yo soy un sentimental; créamelo usted. ¡Ah! Si usted también ha hecho versos...
—También.
—Y muy bonitos. Yo, la verdad, no los entendía muy bien...
—De seguro, culpa mía.
—Ja, ja. No quiero decir tal. Usted tiene mucha erudición.
—Con su permiso, Telesforo, voy á bañarme y á mudarme de ropa. —Sacudió la pipa, recogió el cortinaje, y, dentro de la alcoba, preparó el tub, las toallas, la esponja.— Puede usted seguir hablando. Espero que no ofenderé su pudor.
—Vamos. Apuesto á que se acaba usted de levantar ahora. Estos artistas...
—Sí, somos bichos de naturaleza muy rara.
—¡Qué humor!