—Excelente.

—Bien; arréglese usted pronto, porque el tren sale á las ocho.

—¿Qué tren? —preguntó Alberto, desde dentro de la camisa de la cual en aquel momento se despojaba.

—El tren para Villaclara. Voy á pasar tres días allí, y como Leonor me escribe que irá usted conmigo... ¿No le ha escrito á usted nada Josefina?

—¡Josefina! —murmuró Alberto como si hablase consigo mismo. Permaneció pensativo, desnudo el torso, y los brazos cruzados—. Me es imposible ir, Telesforo. Tengo asuntos en la aldea, y el coche pedido para las ocho. Puesto que usted va á Villaclara, dígale á Josefina que no he podido escribirle estos últimos días; que no se alarme; que me ha visto usted y estoy bueno; que me acuerdo mucho de ella y que la quiero siempre.

—¡Pobre Fina!

—¿Eh?

—Soy un hombre sincero. La sinceridad es mi cualidad preponderante. Pues bien, á fuer de sincero le diré... le diré que se me figura que no está usted enamorado de Fina.

—¿Enamorado? —Alberto, sentado en una butaquita baja, se quitaba un zapato. Después lo arrojó lejos de sí, con desdén, como si fuera el vocablo enamorado lo que arrojaba.— No sé lo que significa ese adjetivo.

—¡Adjetivo!... Sí, en efecto, es adjetivo. Adelante.