—Lo único que puedo asegurarle es que Fina es la primera mujer que me produjo ciertas emociones, que su carácter se acomoda al mío y que no podré casarme con ninguna otra, como no sea con ella... si me caso alguna vez. Es una criatura ideal—. Y distraídamente dejó caer el otro zapato á sus pies.

—Pues hombre, cásese usted pronto. ¿Qué le parece, casarnos el mismo día? Para Diciembre, por ejemplo; gran mes. Y mire que don Medardo tiene bien cubierto el riñón. Sólo en nuestra banca yo sé que ha depositado valores hasta ciento veinte mil duros. No es una nuez hueca.

—Brrr... —gritó Alberto al sentir el agua sobre los lomos—. Supongo que me hará usted la merced de creer que la pecunia del indiano no es un señuelo que me haga incurrir en connubio. Brr... —Inflaba el pecho y exprimía la esponja sobre él.

—Usted perdone: no entiendo bien.

—Que no me caso por dinero, hombre.

—No digo yo tal. Yo no tengo un cuarto, y, sin embargo, tampoco me caso por dinero. Pero, donde no hay panchón todos riñen, y todos tienen razón. Claro que á usted le sobra el dinero por la punta de los dedos. Y á propósito... —Alberto, arrebujado en un ropón felpudo, con la capucha echada sobre el cráneo, vino á sentarse al lado de Telesforo. Le miraba con amabilidad desdeñosa.— Á propósito; si no estoy mal informado, usted tiene un depósito bastante considerable en casa de los Meumiret. En confianza le digo que no debe fiarse mucho de ellos. Yo sé cosas... Oiga, cuando yo me case con Leonor, mi principal me interesará en los negocios; me lo ha prometido. Entonces sería ocasión de trasladar á casa esos valores de usted. Excuso decirle que yo me cuidaría de ellos como si fueran míos.

—No tengo inconveniente. Ya hablaremos.

Hurtado, muy gozoso, dió dos palmadas en el muslo de Alberto, y dijo:

—Pues hay que casarse, hombre, ¡qué diantre!

—Ha venido usted á hablarme de amor en unos momentos en que me absorben muy diferentes preocupaciones.