Se levantó y se desnudó el torso, dejando el ropón sujeto á la cintura, mediante el cíngulo de recias borlas. Tomó una botella de vidrio verde, cuyo contenido derramaba en la palma de la mano y extendía más tarde por el pecho y los brazos. Por la estancia se expandió una fragancia fresca y tenue, como de mañana campesina. En los ojos de Hurtado se adivinaba que, en casándose con Leonor, pensaba imitar á Alberto en punto á detalles del arte cosmético.
—Eso huele muy bien. ¿Qué es?
—Agua de colonia, simplemente.
—Á ver ¿qué marca? Atkinson. ¿Cuánto le cuesta?
—Catorce pesetas.
—No puede ser.
—En casa de Prado la compro.
—Valiente ladrón.
—No crea usted; en Londres no me costaba mucho menos.
Sonó el timbre rabiosamente.