—Ese no puede ser otro que Jiménez.

—Pues me voy. No me es nada simpático. Hasta la vista, Alberto.

En el pasillo se cruzaron Jiménez y Hurtado. Se oyó á Jiménez decir con voz burlona:

—Hola, Hurtado; cómo suda usted. ¿Cuándo contraemos á don Medardo?

Y á Hurtado, sombriamente:

—Pero qué chistoso es usted.

Jiménez penetró en el estudio sin conceder atención á las manifestaciones catastróficas que por dondequiera se hacían visibles. Traía un periódico en la mano, y, sin saludar, adoptando tonos de agitación melodramática, ordenó á Alberto:

—¡Lea usted!

Alberto leyó:

«Es objeto de todas las conversaciones en Pilares un hecho singular acaecido en la última noche. Según parece, hace unos días ciertos señoritos juerguistas, muy conocidos en la buena sociedad, salieron de excursión al puerto, acompañándose de unas palomas torcaces muy conocidas en la mala sociedad. Iban, por las trazas, á ver el eclipse; pero lo único que pudieron contemplar fué el eclipse de su propia razón, á causa de las excesivas libaciones. Dícese que cometieron todo género de excesos, turbando la paz patriarcal de nuestros campos, escandalizando á los aldeanos, y, sobre todo, á las aldeanas; y, según nos aseguran, las desdichadas que los acompañaban atentaron al pudor de unos reverendos Padres Escolapios que habían ido al puerto con el mismo objeto. Queremos decir, con objeto de observar científicamente el eclipse.

»Pero lo más grave viene ahora. Dícese que después de entregarse á la bacanal más frenética, digno de los tiempos paganos, llegaron, en el estado que se supone, á Pilares ayer anochecido. Pero, es el caso que una de las palomas torcaces ha desaparecido. Durante todo el día de hoy se han hecho tentativas por averiguar su paradero, y han resultado infructuosas. Se habla de un crimen; se tienen pistas bastante seguras, y hasta se murmura el nombre de un joven artista, célebre por sus extravagancias.

»Esperamos de las autoridades gubernativas y judiciales que no se dejen intervenir por influencias caciquiles. Impediremos que se eche tierra sobre este escandaloso asunto. ¿Estamos en Zululandia? ¿Se puede vivir?»