—¡Qué mastuerzos! —dijo Alberto por todo comentario.

Jiménez en tanto Alberto leía en voz baja la gacetilla de Pilares Futuro, había estado viendo, con infinito asombro, tanto destrozo como yacía por tierra. Sus ojos grises, en todo momento vibrantes de jocosidad, miraban de un lado y otro con grave suspicacia.

—¿Qué ha ocurrido aquí?

—Una crisis espiritual.

—Querrá usted decir una crisis báquica.

—No, no; una crisis espiritual. El alcohol no ha tenido nada que ver con esto que á usted tanto le asombra.

Jiménez se atrevió á preguntar:

—¿Y Rosina?

—Yo qué sé, amigo Jiménez —Y aun cuando no tenía deseo ninguno, no pudo menos de reir francamente, porque la fisonomía de Jiménez, de ordinario muy móvil y cómica, al ponerse seria era más grotesca aún—. Á ver si es usted quien ha redactado el suelto de Pilares Futuro...

El rostro de Alberto estaba tan sereno, tan claro, que Jiménez desechó desde luego toda presunción condenatoria.