—No he tratado de ofenderle. ¿Eh? Ni mucho menos de juzgarle. Como al fin y al cabo cuando uno está borracho no sabe lo que hace, y sobre todo, cuando como usted ayer, tomaba una de sus primeras borracheras. Pero, la curiosidad... Usted, por lo pronto, se trajo á Rosina aquí.
—Creo que sí. Es decir, sí.
—¿Y luego?
—Déjeme recordar bien. Entramos; levanté el cortinón; entró ella primero, luego yo; me miré en el espejo, se me figuró que yo no existía ya, sino que era proyección, sombra ó espectro de mi existencia anterior; dije no sé qué majaderías y... creo que en aquel momento perdí el sentido.
—¿Y luego?
—Luego, ¿yo qué sé? Desperté hará cosa de dos horas, vestido y en la cama. Rosina debió de llevarme allí. Me pareció que despertaba dentro de un cuerpo distinto al mío de antes. Más tarde me di cuenta de que no sólo el cuerpo, que el espíritu también es distinto. He renunciado al arte, á todo por ahora. Quiero olvidarme de muchas cosas; necesito una temporada de reposo, y por eso estoy determinado en ir hoy mismo, dentro de unos minutos, á la aldea.
—Eso es; y figúrese usted que lo del periódico se toma por la tremenda, que se presenta el juez aquí, que ve esto, que usted se ha escapado; escapado, dirán.
—Vamos, hombre —Y Alberto sacudió de costado el brazo, como si rechazase una gran absurdidad—. ¿Cree usted que Rosina tardará en aparecer? Se conoce que asustada al verme desmayado, ó tomándome quizás por muerto, huyó de casa. Si al verse sola consideró lo más prudente no volver á la prisión odiosa en donde la tenían recluída, apruebo su resolución.
—¡Horror! ¿Llama usted prisión al amorosísimo nido de doña Mariquita? Veo que tiene usted un concepto de las prisiones tan caprichoso como los católicos, que llaman prisión al Vaticano. Pero, yo creo que no debía usted marcharse.
De la calle venía son de cascabeles.