—¡Oh! Egsto egstar un aggumento podegoso —dijo, remedando la macarrónica prosodia francesa que afectaba en sus farsas. Hizo una reverencia bufa y desapareció.

—Pase usted —se oyó desde la oscuridad.

Alberto se adelantó, tanteando con los pies. Había una tienda de lona, cerrada, y en la raíz líneas de luz, lindando con la hierba; una masa negra, rectangular, al fondo, sobre la cual se abría un cuadro de resplandor débil, cernido por una cortina de tela verde. Levantóse la cortina y se recortó en lo claro el perfil del hombre cuyos faldones se enhiestaban sobre las posaderas. Ahora estaba en mangas de camisa.

—Subir usted á la caravana. Tener cuidado, cuatro escalones —hablaba con los dientes apretados y la lengua proyectada sobre la bóveda palatina, imitando el acento inglés convencional de las obras cómicas.

Alberto se dió cuenta al punto de que el individuo que le recibía era un sajón nacido en solar ibérico, quizás en tierras de Pontevedra ó Lugo.

One, two, three, four —dijo, según subía los escalones. Y en estando arriba—. Oh, thanks, many thanks. I am so glad to meet you. You are Mister Levitón I suppose? are you not?

Mister Levitón quedó corrido y fulminado de afasia repentina. Alberto hallaba muy amena la situación, y se dispuso á prolongarla. Examinó el lugar de la acción. Estaba dentro de la carreta de los saltimbanquis. Veíase la armadura interior del vehículo, de maderas ensambladas, como un vagón de ferrocarril. De la techumbre pendía una lámpara de aceite. Había dos ventanillas á los lados y prendas de vestir, mugrientas y mal olientes, colgadas de los tabiques. Frontera á la puertuca de entrada, corría una cortina, de color ecléctico y remiendos profusos, detrás de la cual se adivinaba algo á manera de alcoba y se oía rebullir de gente. Del lado de acá de la cortina, además de Alberto y de Mister Levitón, que así se anunciaba sobre el frontis del circo, estaba una mujer, sentada sobre un tamboril estrecho y alto, semejante á una columna. Arrebujábase en astroso mantón, mostrando los vuelos inferiores de un tonelete amarillo y las piernas, de papandujos molledos. Su cara era excesivamente marsupial; bolsas debajo de los ojos, bolsas en las comisuras de los labios, bolsas en las mejillas, bolsas en las mandíbulas, bolsas en la barba, y bolsas en sus tres papadas: amén de otras bolsas que no hay para qué mencionar. La carne la caía á pedazos. Se comprendía que había sido obesa en increíble medida y que un morbo tenaz y diligente la iba consumiendo. Su mirar era alelado y doloroso.

Alberto preguntó en inglés á Mister Levitón si aquella dama era su esposa. Mister Levitón permanecía herido de mudez. Continuó hablando Alberto, siempre en el dulce idioma de Shakespeare; la risa le retozaba en el cuerpo.

La mujer dijo, con voz cansada que dejaba traslucir un sentimiento de rencor.

—Te está bien empleado, por acémila, Víctor —y elevando los ojos hacia Alberto—. Es de Calahorra, calagurritano. Si usted habla español, diga lo que se le ocurra, caballero. Y perdónele, que no sabe lo que hace.