—¿Pues no he de saber castellano? Usted es quien debe perdonarme la broma, Víctor. ¿No ha dicho Víctor la señora? Quiero que seamos buenos amigos.

—Es que... la costumbre de hablar así ante el público... —balbució Víctor. Miró por encima del hombro á su mujer, y refunfuñó cruelmente—. Tú también ya podías meterte la lengua donde te cupiera, y no decir mamarrachadas. Tanto suspirar... Muérete de una vez.

—Ya te encargarás tú de matarme. ¡Ay! —y se estremeció dentro del mantón.

—Papá... mamá... —suplicó una voz femenina y joven, detrás de la cortina.

—Tengamos paz —aconsejó Alberto, riéndose—. Vuelvo á repetirles que quiero que seamos muy buenos amigos.

Y á continuación les explicó sus propósitos. Pretendía formar parte de la compañía, y seguir con ella, mundo adelante. Víctor y Ramona le escudriñaban de pies á cabeza, sin determinarse á responder. Rosita asomó la nariz y los ojos por un desgarrón de la cortina. En el silencio, se oía á un caballo que arrancaba acompasadamente la hierba de la tierra. Víctor se atrevió á preguntar.

—¿Qué cosas sabe usted hacer?

—Haré payasadas.

—¿Y sueldo?

—De eso no hay que hablar.