—Es que nuestra vida es muy dura...
Ramona suspiró.
—Ya la haremos blanda. Elevaremos nuestro circo á la altura de los mejores.
Víctor, oyendo á Alberto decir nuestro, experimentó una sacudida de los nervios.
—Ha dicho usted que... ¿nuestro?
—Sí, yo seré el empresario; un empresario que renuncia desde luego á todos los beneficios. Por lo pronto, están á su disposición diez mil pesetas. ¿Hace?
—¡Piñones! —murmuró Ramona.
Rosita extendió con la nariz el desgarrón de la cortina.
—¿Pues no ha de hacer? Venga esa mano.
—¿Cuándo partimos?