—Mañana á eso de las ocho de la mañana.
—Pues voy á recoger mi ropa. En media hora estoy de vuelta. ¿Puedo dormir aquí?
—En el carretón, no. Dormirá usted en la tienda, con mi hijo, con Fernando y con los otros. Algo recio, para usted...
—¡Quiá! Entretanto ahí van cinco duros para que preparen un refresco á mi salud. ¡Ah! Traeré conmigo un perro que estoy amaestrando.
—De pistón de mico —afirmó Víctor, quizás algo misteriosamente.
De vuelta en su casa conferenció con Manolo y le preguntó si quería seguir sirviéndole y vagamundear á la ventura. Manolo mostrábase remiso en contestar, de donde Alberto dedujo que no lo deseaba ni se atrevía á negarse, por temor de enojar al señorito.
—Bueno, pues te quedas, que á nada te obligo. Pero, yo no sé cuándo volveré.
—Es el caso, señorito, que yo va para tiempo que ando cavila que te cavilarás... —y se arrascaba el occipucio—. Porque... quiero casarme.
—Arrea.
—Tengo novia formal. Es Teresuca, la criada de los de Oliva.