—Yo creo que con unas ocho ó diez mil pesetas...
Alberto se sentó á escribir.
—Mientras escribo, prepárame una maleta con alguna ropa interior.
Escribió á Telesforo ordenándole que entregara diez mil pesetas al ayuda de cámara, y colocara urgentemente otras diez mil en Meredo, un pueblo próximo á Cenciella, en una casa de comercio conocida, de donde Alberto pudiera recogerlas.
—Toma, Manolo. Mañana vas á Pilares, y allí, en la banca de don Celso Robles, preguntas por el señor Hurtado. Te entregarán diez mil pesetas.
—¡Ah, señorito! Cómo le agradeceré —lloriqueaba y besaba las manos á su dueño.
—Ea, basta. No seas niño —repuso Alberto enternecido.
—¿Quiere que le haga un recibo?
—No hace falta. Eres bueno y trabajador; irás arriba en tus empresas. Cuando te sea fácil me devuelves nueve mil quinientas. Las otras quinientas son mi regalo de boda. Dónde está Azor. ¡Azor! ¡Azor! —apareció al punto el cojo—. Vamos, hijo mío, á correr mundo. Dame la maleta, Manolo.
—Yo se la llevaré.