—Que no. Yo la llevo. Adiós, Manolo; que tengas suerte. ¡Ah! Y que nadie entienda adónde ni á qué me he ido.
Manolo, entre suspirar y contemplar apasionadamente la carta que Alberto le había entregado, no atinó á decir palabra.
XVII
Al señor don Juan Halconete:
Querido Juan; sobre un prado verde y cencido,
de un olmedo á la vera, muy sombroso y tupido,
do las aves organan con un manso ruïdo,
esta epístola quiero hilvanar de corrido.
La belleza apacible del lugar desde donde la escribo parece haberme movido, casi maquinalmente, á comenzar con el tetrástrofo monorrimo de nuestro amado Berceo.