Estoy, como le digo, escribiéndole al aire libre, en un prado y cerca de un bosque de olmos, lleno de pájaros. Todo esto es natural. Pero ahora viene lo extraordinario. Mi pupitre es... un tamboril. Sí, señor, un tamboril. Mi asiento una albarda con panneau para ecuyère. ¿Qué tal?

La temperatura es templada, antes caliente que fría, de manera que me permite permanecer en elástica; una elástica tosca de algodón, semejante á un jersey, á rayas horizontales, rojas y negras, como las que usan los menestrales por estas tierras. Me costó una peseta. En cuanto á mis calzones ¡Ah!... Una prenda very fashionable, the smartest and most exquisite in the world. De pana labrada, pero de la pana más burda; y el corte sublime, digno de haber sido perpetrado en un obrador de Bond Street, á no ser por el derroche de capacidad que ostenta en la culera. Debo de causar asombro hasta al propio Sol, que no me quita la vista de encima, á juzgar por el calor que siento en la espalda.

Estoy quemando y humeando, en mi vieja pipa de brezo, las últimas reservas de tabaco inglés. ¡Qué dolor! Pronto habré de apencar con el tabaco rizado y hediondo de la Tabacalera; ese tabaco de aspecto repulsivo que hace pensar en clandestinas madejas capilares.

La nébula de humo que me envuelve se ha filtrado por mis narices y llegado hasta los sesos, evocando un recuerdo que ajusta muy al caso para explicarle á usted por qué me ha venido en ganas escribirle.

El recuerdo es de una marca de tabaco que ha tiempo fumé. Se llamaba tabaco Carlyle. En la tapa de los botes de lata donde se guardaba había un grabado: Carlyle y Emerson, frente á frente, separados por una mesa, sendas pipas en la boca y sobre sus cabezas densa nube de humo. Debajo del grabado una inscripción que decía sobre poco más ó menos: «Cuenta Emerson que, habiendo llegado á Inglaterra, quiso lo primero visitar á Carlyle, el cual fué una de sus más fervientes admiraciones. Carlyle ofrecióle una silla y luego tabaco. Sentáronse cara á cara, aplicáronse á fumar silenciosamente, y así, sin desplegar los labios, dejaron pasar varias horas hasta media noche. Levantóse entonces Emerson, tendiendo la mano al maestro, y éste, á guisa de despedida le dijo: Hemos tenido excelente tiempo. Gracias, me ha hecho usted pasar una de las tardes más felices de mi vida».

De la propia suerte, yo no puedo olvidar las horas que he pasado en compañía de usted, cuándo sentados en el Ateneo, cuándo paseando por Madrid, cuándo recorriendo las aldeas, y siempre en silencio. No hago memoria de ninguna conversación transcedental ó polémica que hayamos sustentado. Es más: ateniéndome á los últimos escritos de usted parece que sus puntos de vista sobre la vida son errados y caprichosos, que vale tanto como decir que no concuerdan con los míos, ó con los que hasta hace muy poco tiempo eran los míos. Á pesar de esto, ó quizás por esto mismo, creo que mi espíritu anda muy cerca del de usted, y que nadie como usted sabrá comprenderme. Por eso me aventuro á escribirle.

No pido que usted me conteste por largo, ni concisamente siquiera. Sé que usted no gusta de preparar para las generaciones venideras un epistolario aparentemente íntimo y descuidado, pero con vistas á la inmortalidad. Sólo le pido que me diga con toda lealtad si le enoja seguir recibiendo cartas mías. Si no me responde, entenderé que no debo continuar esta correspondencia.

La presente sólo tiene un objeto, y ya es hora de abocarlo. Le participo á usted que me he hecho titiritero.

Le abraza,

Alberto.