Querido Juan: muchas gracias. Ya sabía yo que usted se prestaría con noble afecto á ser el sujeto paciente de mi furor epistolar.

Me dice usted que la profesión de titiritero le parece muy digna y conveniente para el buen gobierno de la república, así como, en opinión de Cervantes, lo es la de alcahuete. De acuerdo con usted, y también con Cervantes.

Permítame usted unos toques de erudición, y disculpe los errores en que incurra, porque, como usted se hará cargo, no tengo un solo libro conmigo y cito de memoria. Quinto Curcio, historiador de Alejandro Magno, cuenta que cuando este conquistador recorría la India se le presentó un juglar, el cual poseía la más peregrina maña para arrojar á gran distancia guisantes sobre una aguja, y los espetaba todas las veces sin errar golpe. Alejandro, que era un borracho y se paraba poco á inquirir la verdadera importancia de las cosas, como lo atestigua la solución que dió al nudo gordiano, pensó que la del juglar era habilidad superflua, y por mofa ordenó que se le diese por toda recompensa una mata de guisantes; y luego, con ironía fácil, le alentó á que continuase cultivando su arte. Si no recuerdo mal, Juan de Timoneda, en su Patrañuelo, modifica algo el cuento y lo atribuye á Carlos V. En lugar de una aguja pone un cántaro de angosta boca; y lo que allí eran guisantes son ahora garbanzos. El emperador dice desdeñosamente: «dénsele dos hanegas de garbanzos.»

Me parece que tanto Alejandro como Carlos pecaron de estolidez supina. Á la larga (una larga que siempre será muy corta) la propia importancia tiene conquistar el mundo antiguo, como hizo Alejandro, ó imponer el papismo al antiguo y al nuevo, como pretendió Carlos, que clavar guisantes en una aguja ó meter garbanzos en un cántaro. Con una diferencia en disfavor de entrambos soberanos, y es, que sus empresas fueron ridículas; porque el ridículo no es otra cosa que un desacuerdo entre el esfuerzo y el resultado, entre lo que se piensa que se va á hacer ó se cree que se está haciendo y lo que realmente se hace. Alejandro y Carlos, persiguiendo una finalidad transcendente dentro de un mundo perecedero, se ponían en un ridículo cósmico. El de los guisantes y el de los garbanzos, no; no perseguían finalidad alguna, sino que cultivaban la destreza por la destreza, desdeñando usarla en altos empleos. Alejandro y Carlos creyeron triunfar de la muerte, pasando á la historia. ¡Menguada historia la que tiene por fuerza limitado y fatal cómputo de páginas! Pero el de los guisantes y el de los garbanzos sí que triunfaron de la muerte porque triunfaron en la vida misma, comprendiendo muy cuerdamente que no morir es ignorar el mañana, es exaltar todas las facultades y ponerlas en el presente eterno de un esparcimiento arbitrario y sin propósito final. Dentro de un universo infinito compuesto de seres y cosas finitos, la única forma de inteligencia activa es el obrar conscientemente sin finalidad. Si no me equivoco, esta es la esencia del humorismo; discernir y sentir la sublimidad invertida de un mundo tonto, como quería Juan Pablo. Hace cosa de pocos días yo pude discernirla y sentirla con intensidad casi dolorosa. Por eso, ya que no me era dado realizar humorismo artístico (la pintura no es vehículo á propósito), aproveché la ocasión de pasar por mi pueblo una pandilla de saltimbanquis, para, uniéndome á ellos, vivir el humorismo.

Otro día le explicaré cómo vine á dar en este flaco. Temo haber escrito hoy demasiadamente, y, lo que es peor aún, con bastante desconcierto.

Le abraza,

Alberto.

Querido Juan: Colmado me tiene usted de bondades. No le pedía sino que tuviera la resignación de leer mis cartas. Nunca esperé tener la honra de que me contestase, parándose á discurrir sobre mis espontáneas y caprichosas ideologías. Me asegura usted que el humorismo no es el postrer estadio del espíritu. No lo sé aún. Allá veremos.

¿Qué es de Fina? Su pregunta ha venido á redoblar ciertos reconcomios que me escarban y roen de continuo el corazón.

¿Recuerda usted aquellos ocho días de Agosto que el verano antepasado tuvo á bien dedicarlos á acompañarme en Villaclara? Comenzaba yo mis amores con Fina. Un día le pregunté á usted: «¿qué le parece mi novia?» Usted se ruborizó un poco, se sonrió un poco, y dijo: «no sabe andar y lleva siempre los brazos como atados al cuerpo.» Esto fué todo. ¿Pensaba usted descubrirme dos defectos, ó dos cualidades de cierto orden de belleza? Aun cuando no volvimos á hablar de Fina, presumo lo segundo, á pesar de su rubor de usted. Sí: el movimiento general de la figura de Fina, y la laciedad, tal vez rigidez de sus brazos, son dos cualidades de belleza gótica, ó sea de belleza cristiana, de belleza moral, sugerida por formas plásticas. La estatuaria griega tiene el movimiento hacia adelante y á ras de tierra, y la gracia dinámica de los caballos y de los ríos. En la estatuaria gótica el éxtasis anula al movimiento, y en vez de la gracia helénica, de naturaleza activa, pasajera y musical, aparece en aurora, como cernida por las nubes de la materia, la gracia divina á modo de una luz inmarcesible. ¿Y en qué vidrio se ha de espejar esta luz mejor que en el vidrio de los ojos, umbral por donde el cielo entra al alma y el alma sale al cielo? Los antiguos acostumbraban cegar sus estatuas. Las esculturas góticas son contrariamente todo ojos, y el resto de la figura no es sino sustentáculo de ellos, como el incensario lo es de la brasa fragante y votiva.