Habrá observado usted que las mujeres en mármol que los griegos nos han dejado no son vírgenes ni madres. No nos conmueven con la inocencia frágil de la doncellez ni con la serenidad noble de la maternidad. Pero el arquetipo de la mujer cristiana es la virgen madre; sublime paradoja. Y tal es el linaje de belleza de Fina. Con ser sutil é infantil, como usted sabe, sugiere no sé qué densa impresión de apta maternidad presunta; y estoy cierto que, en siendo madre, envolverá á quienes al lado suyo vivan en fresco aliento de virginidad incólume.

Esta era mi novia y debió ser mi esposa. Ahora comprendo, más claramente que nunca, lo que representaba en mi vida. Y la he perdido. El mismo día que santificó mis labios con un beso tan puro y diamantino que debió haberlos sellado á todo contacto torpe, como á toda palabra agria, fútil ó mentirosa, aquel mismo día y á las contadas horas, yo, depositaba el tesoro confiado á mi boca sobre una boca mercenaria y lasciva. Comprenderá usted que no soy tan miserable que volviese á Fina, con la podre infestando mis palabras de simulación, ni tan cruel que confesase descubiertamente mi abominación. Le escribí una carta. ¡Pobre Fina! ¡Pobre Fina! No quiero pensar...

Es la hora de anunciar los títeres para la noche. Voy á tiznarme el rostro, vestirme la botarga y salir por las callejuelas de este pueblo, tañendo el tamboril. Los vecinos se maravillarán del denuedo con que he de golpear el parche, y se preguntarán: ¿estará loco el tamboritero?

Rataplán, plan, plan. ¡Duro; amigo mío! ¡Qué sólo se oiga tu voz! (Hablo con el tamboril.)

Suyo,

Alberto.

Querido Halconete: me convida usted, en su última carta, á que le refiera lances de mi vida actual, y á que por el momento deje de lado mis filosofías espontáneas. Veo que lo primero no es sino pretexto ó arbitrio para lograr lo segundo. No gusta usted de verme filosofar, llamémoslo así. ¿Por qué? Dos motivos descubro: ó bien, que mis disquisiciones le parecen caprichosas y de poco momento; ó bien, porque adivinando que me traen dolor, intenta usted distraerme hacia el tumulto de las cosas externas. ¿Qué importa el motivo? Usted me aconseja y yo voy á seguir el consejo con toda docilidad. Sea, pues, esta carta un mero documento narrativo.

La comunidad nómada, á la cual pertenezco desde hace quince días, se compone de trece miembros de diferentes sexos y especies.

El preboste ó superior se llama Víctor. Es la cabeza de este cuerpo andariego; una cabeza bastante gorda. Aparentemente una cabeza es algo á modo de callosidad ó protuberancia que suele surgir sobre los hombros, sin utilidad conocida. En la mayoría de las personas, tanto individuales como colectivas, la cabeza tiene todo el aspecto de no servir para nada. Así ocurre con nuestro director. Sin embargo; ¿qué sería de todos nosotros sin él? Él es la teoría, la idea; los demás, el instrumento. Él no tiene fuerza para saltar, ni gracia con que payasear, ni intrepidez para colgarse de un trapecio, ni sutilidad para hacer equilibrios. Pero conoce el secreto eficaz de todas estas habilidades, ó cuando menos cree conocerlo, de manera que el músculo, el donaire, la braveza y la agilidad ajenas alcanzan, adoctrinados por él, su máxima potencia. Fachendea mucho, lo cual le sienta al dedillo cuando recorre la pista con una fusta en la mano, y es tremendamente alardoso de su ciencia gimnástica. Por él me voy enterando de varias y curiosas particularidades, concernientes al acrobatismo. Mister Levitón, que tal es el sobrenombre que ha adoptado, pertenece á la segunda de las dos categorías en que se dividen los artistas de circo. (Les artistes de rencontre, son sus palabras). Siendo niño, ingresó en la compañía de monsieur Grignon, y muy presto demostró excelentes aptitudes para lo que los ingleses llaman hand-balancer, y los alemanes hands-toender, ó sea para ponerse cabeza abajo, apoyado tan sólo sobre las manos.

—Yo, amigo Alberto —me asegura con aire catedrático—, he llegado á hacer la montée en planche y la montée par groupement, con la misma frescura con que ahora me bebo un vaso de aguardiente ó le doy un revés á mi señora. Y he saltado; sí, señor. ¡Que si he saltado! Hasta he realizado el twist. Pues yo le pregunto á usted. Seamos claros; si se tiene en cuenta que ingresé en mi profesión hacia los diez ó doce años ¿puede decirse que pertenezco á les artistes de rencontre? ¿No será más justo sostener que pertenezco á les enfants de la balle?