Pero, ¿qué es uno y qué es otro? se preguntará usted, querido Juan. Que Mister Levitón satisfaga su curiosidad. Atención.
—¡Ah! Es bien fácil. Seamos claros. Les enfants de la balle, ello mismo lo dice, son... pues, en pocas palabras, la aristocracia del arte. ¿Qué se necesita para ser conde, por ejemplo? Pues haber nacido de otro conde y de una condesa. Les enfants de la balle son los que tienen pureza de sangre de artista, por herencia, quiere decirse. Mi esposa, madama Ramona, es aristócrata; mis hijos, Mamerto y Rosita, son aristócratas. ¿Es mucho pretender de mi parte ser aristócrata, teniendo en cuenta... bien, lo que le he dicho? Los otros, les artistes de rencontre, son, verá usted...; seamos claros, son los intrusos. ¿Intrusos? No, claro que no. Son los que no tienen sangre antigua. ¿Me explico? Entre estos artistas los puede haber muy estimables, ilustres también; pero, ¿no es como la luz del sol que faltándoles los primeros años de la vida, que son los más blandos, digo, faltándoles el aprendizaje de aquellos años, los resultados serán muy deficientes? Estos artistas que empiezan un poco tarde no pueden dedicarse más que á la gimnástica de aparatos: anillas, barras-fijas, trapecios volantes... Uno de los del trío Júpiter, que acaso usted haya oído nombrar, era sastre. ¿Qué tal? Pero la gimnasia verdad, la gimnasia... aristócrata es la de alfombra, sobre todo los juegos icarios. Este es el rey de los ejercicios —y al final con gesto de absoluta convicción—: Seamos claros; ¡no se improvisa un artista de alfombra!
Usted, querido Halconete, pensará, como yo, que debe ser difícil, en efecto, improvisar un artista de alfombra.
En cuanto á cualidades morales, Víctor es un bárbaro, como marido; como padre, un semi-bárbaro.
Tiene, según me aseguran, una amante, entre cuyas garras se le queda buena porción del dinero que gana. Esta mujer sigue nuestro itinerario, pero no viaja con nosotros. No la he visto aún. Lo cierto es que Víctor pasa la mayoría de sus noches fuera del carretón.
Y vamos ahora con madama Ramona. Adelantaré un dato que es muy significativo. Esta señora, el año pasado pesaba ciento treinta kilogramos. Sí, señor; ciento treinta, ni uno más ni uno menos. En la actualidad está entre los ochenta y los noventa. El período de vertiginosa eliminación carnal comenzó en el punto de recibir la nueva de que Víctor le era infiel. Es decir, que madama Ramona era hace un año una especie de mastodonte sentimental. Me aseguran que su número era siempre el de mayor éxito, y consistía en ejercicios de equitación, á lo Franconi, sobre un desmedrado é interesante pollinejo que responde por Pionono. Con el bajón de los cuarenta y tantos kilos, su aspecto es imponente y repugnante. La piel, que en otro tiempo ciertamente hubo de ser túrgida y tensa como la del vientre de un abad, se ha replegado, y en consecuencia oscurecido, adoptando las pardas tonalidades del caucho. Además le pende en lamentosa flacidez por todas partes. Parece un gigantesco murciélago alicaído. Varias veces he tenido ocasión de sorprenderla llorando silenciosamente.
El hijo Mamerto es un adolescente taciturno y ojeroso. Sus ojos se caracterizan por cierta hondura ígnea é inquietante. Es perezoso; no habla casi nunca. En las horas de descanso, que son muchas, se entretiene en arrancar verdascas cimbreantes de los árboles; luego las monda de hojas, muy despaciosamente, silbando sin cesar melodías tenebrosas. Él es el encargado de conducir las caballerías á pacer de los prados en abertal. Una tarde pude descubrir que se entretenía en atormentar á los pobres animales, asestándoles agudos verdascazos en los belfos y en la coyuntura de las ancas. Pionono era la víctima predilecta de su ensañamiento. Y el rapaz reía de una manera aviesa y extraña. Su número es el trapecio. Víctor dice que llegará á eclipsar la gloria del querubín Léotard.
Rosita es una mozuela retrasada, dócil y afectuosa. Para llegar á guapa no le falta más que dejar de ser fea. Su piel es albariza, exangüe, como la panza de la rana. Yo creo que padece de amenorrea. Me ha dicho que le gustaría mucho saber leer; yo la estoy enseñando. También me pide que la diga versos. Le gusta cantar y canta como un cerrojo tomado de orín. Es una especialidad para el crochet (herencia materna) y otras labores propias de su sexo. Su número es las anillas; sabe hacer la sirena y dar el salto del mico. (Y observe usted que estos dos enfants de la balle no son artistas de alfombra.) Víctor dice de ella que llegará á sobrepasar el renombre de la celeste Nathalie Foucart. Se me ha figurado que el buen Levitón quiere colocarme la niña. Ya me ha hecho algunas indicaciones. Opina al revés que Teresa Cascajo. Para él, mejor parece la hija bien abarraganada que mal casada. Yo, ça va sans dire, no acepto el envite.
Descontados los miembros de la familia Levitón, el que les sigue en jerarquía dentro de la troupe es un joven, bien parecido, muy discreto y simpático, llamado Fernando, al cual estaba destinada Rosita antes de mi advenimiento. Como á él maldita la gracia que le hacía la niña dice que el mío ha sido el santo advenimiento. Físicamente, es un hermoso ejemplar de la raza humana. Moralmente, le reputo un individuo normal, inteligente y honesto. Artísticamente, es fuerte, elástico, ágil y hábil.
Viene luego el Pichichi. Largo y flaco, fibroso, activo. Su cara, á ratos es de sonriente idiotez, á ratos de puntiaguda malicia. Su obsesión es la pintura. En cuanto halla vagar se absorbe en una obra gigantesca que ha tiempo comenzó: la historia sagrada que siendo niño le enseñaron, puesta en láminas. La mayor parte de los personajes bíblicos van vestidos de saltimbanquis. Sus dibujos son de perturbadora simplicidad primitiva; no sólo los seres, que también las cosas parecen estar dotados de pupilas que le miran á uno tenazmente. Los colores, minerales y vegetales, él mismo se los compone. Una circunstancia curiosa de este clown es que sus sentencias y proverbios son italianos. Por ejemplo, cuando yo intenté acabildar y unir las voluntades de Víctor y Ramona, porque sus querellas continuas me hacían daño, el Pichichi vino á decirme misteriosamente al oído: Tra moglie e marito non bisogna mettere il dito.