Querido Juan: Copio de su carta: «Todo lo que usted me refiere es interesante y divertido.» Merci bien. «Pero ¿qué hace usted para el público? ¿Salta usted? ¿Trabaja usted en el trapecio? ¿Quizá en las anillas? ¿Juegos de manos tal vez? Sáqueme de dudas.» Le sacaré de dudas.
Por lo pronto, me gasto mi dinero; esto ya es algo. Después de haberle escrito mi última carta hemos recibido un órgano enorme y admirable: parece una orquesta. La mayor parte de las cintas he querido que fuesen Cake-Walks, y de esos valsecitos de circo que suscitan en los nervios no sé qué misterioso impulso y ansias de movimiento furioso, de saltar, de gritar, de lanzar objetos á lo alto, de correr sin punto final. Cuando los oigo, comprendo aquello que los griegos llamaban feamente Kalocagathia, y es, si no me equivoco, un ideal de vida física perfecta. ¡Qué delicia, qué fruición, hacer piruetas, flinflanes, dar saltos mortales elásticamente, en tanto suena esa música! ¡Y qué tristeza sentirse artiste de rencontre, acordarse de que es ya tarde para la cultura del cuerpo!
Pero, aparte de la prodigalidad de bolsa, yo tengo en el programa mi número correspondiente, y puedo asegurarle que es recibido con gran aplauso. La idea no es original mía, sino fusilada de un artista que vi en un Music Hall de Londres. Se trata de modelar rápidamente á la vista del público carátulas groseras en arcilla. Yo nunca había modelado, pero me doy muy buena maña para hacer en un periquete uno de estos esbozos rudimentarios. El inglés trabajaba exclusivamente con arcilla gris. Yo he introducido una modificación. Tengo varios calderos de barro que he coloreado con anilinas, y así, el muñeco que hago resulta muy pintoresco. Una boca, por ejemplo, con poner dos choricitos de barro rojo ya la tiene usted á punto de prorrumpir en una exclamación. Unas cuantas plastas de barro ocre ó tierra sombra componen la cabellera rubia ó morena. Luego, la distancia y la buena voluntad de los espectadores completan la obra. Mi repertorio se compone de la vieja, el cura, el cacique, el buzón de correos, el guardia civil y la vaca. No son bustos, que esto llevaría bastante tiempo, sino altos relieves sobre un caballete con tablero.
En tanto yo modelo á toda máquina, el órgano deja oir el más exquisito florilegio de Cake-Walks, y Rosita, vestida con traje de lentejuelas, se retuerce y canta algunos cuplés ingleses, que yo le he enseñado, con pronunciación figurada: The Honney Suckle and the Bee; Teasing; Hullo, Hullo, my Baby.
Pero mis planes son más vastos. Estoy madurando una serie de pantomimas transcendentales. Pienso efectuar de pueblo en pueblo activa propaganda moral, sirviéndome de esto que califico de anarquismo acrobático. Claro está que usted entiende la concomitancia que hay entre la moral y el anarquismo; huelga, pues, toda disquisición.
Hoy se va haciendo tarde. Quédese la explicación de mis planes para otro día.
Un abrazo de
Alberto.
Querido Juan: he probado á representar algunas pantomimas, satirizando conceptos é ideas comunmente recibidos como verdades inconcusas. Mi sistema de demostración es ad adsurdum; esto es, desarrollar uno de aquellos nocivos conceptos hasta sus últimas y más bufas consecuencias. La gente se ríe que se desternilla. Pero una noche tuve la intuición súbita, flagrante, evidente de la inutilidad de la sátira sacramental. Ya le veo á usted arrugando los labios, si sonríe ó no sonríe, preguntándose in mente: «¿qué será esto de la sátira sacramental?» Así es; se me ha venido el adjetivo á los puntos de la pluma, y ahí queda. La sátira, noblemente ejercida, me parece participar de la dignidad de un sacramento, y desde luego concuerda con el de la penitencia en el sigilo personal: se dice el pecado, pero no el pecador. La sátira fustiga genéricamente vicios y necedades, pero no al vicioso López ó al necio Rodríguez.
Pues bien; usted sabe que esta provincia es quizá la que con mayor acerbidad padece el yugo del caciquismo. Estábamos en Pumareda. Fué un día de elecciones. De aquí y de acullá recibía yo noticias, y en resolución llegué á conocer cabalmente que lo que el delegado del cacique había urdido, y los electores consentido, constituía un hecho bochornoso para la dignidad humana. No es mi propósito ahora distraerle narrándole por lo menudo las elecciones. Voy á lo mío. Precisamente entre mis pantomimas, quizá la más hábilmente desarrollada, es la de El cacique y el aldeano. (Las llamo pantomimas, y no lo son propiamente, sino farsas dialogadas.) Venía el caso como anillo al dedo. Se anunció para la noche. No quiera usted saber la algazara, los alaridos, las risotadas, el honesto y bestial regocijo que originó. Entonces me sentí un poco triste y me acordé de las palabras de Swift: «La sátira es á la manera de un espejo, en donde cada cual cree generalmente descubrir el rostro de todo el mundo, menos el suyo propio. Por esta razón la sátira siempre es acogida alegremente.»