No sé si es cosa de mis sesos, ó de mi mano derecha. Ello es que hoy me cuesta mucho trabajo escribir. Hasta otro día.
Suyo,
Alberto.
Querido Juan: ¿No se le ha ocurrido á usted pensar algunas veces que los teólogos que inventaron el cielo y el infierno eran hombres de escasísima chapeta? Mire usted que al mismo demonio no se le hubiera ocurrido imaginar como asilo de la eterna bienaventuranza un lugar en donde toda tediosidad y hastío tiene su asiento. Es un empíreo para los papanatas. Y en cuanto al infierno... Los fieles cristianos se han parado poco á considerar si es temible ó en puridad más amable que el cielo. Yo he observado que el hombre, según su naturaleza, aun cuando á lo primero haga grandes muestras de desesperación, se aviene y acomoda muy luego á las mayores desgracias y á las más precarias situaciones. Recuerdo algunos enfermos de males crueles y asquerosos que se aferraban á ellos como á una ventura, prolongándolos por todos los medios, á causa del temor á la muerte. Y es que no hay otro mal que la muerte. Algunos fingen desearla; alardes retóricos. ¡Cuán pocos la buscan! Ahora, supongamos á un hombre zambullido en el fuego infernal. Á la vuelta de unos cuantos días, ó meses, ó años, es seguro que estará sabrosamente adaptado al medio, como la salamandra; es una ley biológica. Es de creer que la policía de las costumbres será en el infierno bastante laxa. Pues ya tenemos á unos cuantos millones de seres, la mayoría de buen humor y de inclinaciones voluptuosas, con un seguro de eternidad sobre la vida, perfectamente adaptados al ambiente y con tiempo y otras cosas por delante para juerguear cuanto les venga en gana. ¡Delicioso! Entretanto, en el piso de arriba, los bienaventurados sentirán la pesadumbre del tedio irremisible, oyendo, á lo más, zampoñas etéreas.
La religión, según el punto de vista conservador, si se la mira del revés es un freno, si del derecho un estímulo, y de entrambos lado una fantasmagoría á propósito para mantener el orden estatuído en las muchedumbres ignaras; una mentira necesaria. Pues, señor; si es así, nuestra religión es una tramoya muy mal montada. Tomemos el ejemplo de un niño. Por que se muestre dócil á la bárbara educación que se le intenta dar empléanse como promesas las delicias celestiales y como amenazas las torturas infernales. Lo primero es una sandez; lo segundo, una brutalidad. Y yo digo, ¿no sería más eficaz, más artístico, crear imaginativamente un cielo de payasos, amazonas, barristas, micos amaestrados, etc., etc., y un reposte que ofrezca satisfacción á la lengua más golosa y antojadiza, y representarlo así, con vivos colores, en las estampas? Para mí, ello es indudable. Fundándome en estas consideraciones he ideado una farsa teológica-lógica y empíreo-acrobática. Anoche la hemos puesto por primera vez, aquí, en Limio de Pravia. (Estamos en Limio de Pravia.)
Perdón; un momento. Interrumpo la carta, porque oigo voces y á Mister Levitón que me llama apresuradamente.
Reanudo la carta, para decirle en cuatro palabras lo que ocurre. Al parecer el cura de Limio, que es un bárbaro, ha hecho que el Juzgado incoe contra nosotros un proceso, por ataques públicos á la religión. Vea si ha tenido éxito la pantomima. Víctor, su mujer, los hijos y Maimón, están que no les llega la camisa al cuerpo. Yo les aseguro que no ocurrirá nada, pero no se convencen. De seguro me maldicen en lo interior. Fernando no ha dicho nada, y Pichichi, el pintor bíblico ha exclamado heroicamente: A me ne importa proprio un fico secco.
Si me llaman á declarar me parten, porque habré de dar mi nombre y, en publicándose, mi aventura carece ya para mí de incentivo. ¡Yo que me había ocultado hasta ahora con tanta diligencia y buen arte...! Allá veremos en qué queda todo.
Adiós. Le abrazo,
Alberto.