XVIII
Alberto penetró en la sala del Juzgado, como autor de la farsa. El juez se puso en pie de un salto:
—¡Alberto!
—Sí, yo, ¿qué quieres? Me divertía tanto...
El cura, que estaba presente, se refregó la barriga, por encima de la sotana, como si su inteligencia radicase en aquella víscera y con el frote se activasen sus operaciones.
—Alberto ¿qué? —preguntó el cura ansiosamente.
Alberto se volvió á mirarle un momento y á seguida, olvidándose de él, dijo al juez:
—La verdad, siento que se haya roto mi incógnito.
—Si es que parecía que te había tragado la tierra.