Los alguaciles estaban asombrados. El cura repitió:

—Alberto ¿qué? —y como nadie le respondiera— Señor juez, que estamos en funciones de justicia y no en el casino.

—Precisamente por eso, señor cura, hágame el favor de callarse.

¿Callarse don Ataulfo, uña y carne del cacique?

—He dicho que ¿Alberto, qué?

Y Alberto:

—Alberto Díaz de Guzmán, para lo que se le ofrezca. ¡Caray con el interés que le inspiro!

—¡Bendito sea Dios! —suspiró el cura—. Luego dirán que no hay Providencia... ¿No ve usted su dedo claramente, señor juez?

—Clarísimamente —respondió el juez, mirándose uno después de otro los diez dedos de las manos.

—Digo el de la Providencia.