—Ah, ese lo presumo.

—¿De qué se trata? —indagó Alberto comenzando á sentirse intranquilo.

—Trátase... —continuó el juez—, trátase... Estamos en funciones de justicia. ¿Confiesa usted llamarse Alberto Díaz de Guzmán?

—Pero, hombre, ¿tú me lo preguntas? ¿No hemos estudiado juntos cinco años de carrera? ¿No hemos hecho diabluras de común acuerdo en clase del Chorizo, y del Llimiagón y de la Gocha jurídica?

—Señor Guzmán —prosiguió el juez. Su cara descubría la intención de echar el trance á broma—; yo no soy Enrique Llamedo y Pando, condiscípulo de usted, sino una entidad abstracta, un principio sustantivo y eterno, la Justicia. Yo no he estudiado una patochada de derecho, ni con usted ni con nadie.

—Eso ya lo sé yo. Á buena parte vas.

—Acusado; le llamo á usted al orden.

—Pero que muy bien; de perlas —jaleó don Ataulfo.

—Y así le comunico que ha tiempo se le sigue una causa por violación y homicidio subsiguiente...

—Por violación, no, señor juez —atravesó el cura—. Era una ramera.