—No importa. Digo que por violación y etcétera. Otrosí, añado que ha tiempo se le persigue, y habiendo este Juzgado tenido la buena fortuna de topar con usted, ayudado por el insustituible dedo de la Providencia, á la cual pienso enviar de oficio un voto de gracias, decreto que sea usted puesto en brazos de la Guardia civil, la cual le conducirá á usted á Pilares en el primer tren que salga para la capital. Alguacil, requiera usted á la pareja de servicio.
—Pues, hijo... —tomó Alberto la palabra, con mucho desabrimiento—, no me hacen ni pizca de gracia tus discursos irónicos. Si veo que tú no crees nada de esto, ¿á qué sigues la pamema?
—Señor acusado; emplee usted exclusivamente palabras que estén en el Diccionario de la Academia.
—La verdad es que yo no pude pensar que durase tanto tiempo el intríngulis.
—Repito que se atenga usted al Diccionario...
—¡Qué c...! —murmuró Alberto saliéndose de su natural apacible.
—Al Diccionario, al Diccionario —sentenció el juez á punto de reir.
Entonces Víctor, que se mantenía acoquinado en un rincón, junto con sus subordinados, adelantóse á murmurar lleno de incertidumbre:
—Quisiera decir al señor juez, que nosotros... no sabíamos...
—¡Ah! Esa es otra. Todos ustedes son encubridores —é hizo un guiño á Alberto, como induciéndole á que pusiera en un aprieto á los titiriteros. Pero Alberto atajó, amoscado.