—¡Qué encubridores ni qué calabazas!
—Bien; una vez declarado por el reo que ustedes nada tienen que ver, quedan ustedes en libertad.
—Eso no —afirmó el cura—. ¿Y la causa por desacato á nuestra sacrosanta religión?
—Estas gentes han sido instrumento inconsciente de Guzmán. Así resulta de la prueba. Guzmán es un...
—¡Sacrílego! —completó don Ataulfo.
—Usted perdone, señor cura —habló Alberto—. Creí hacer un bien á la humanidad, como monsieur Rignon, el de los aparatos ortopédicos.
—¡Qué cínico! —rezongó el cura.
—Sí. Y ¡qué cirenaico! —añadió el juez.
En esto penetró en el recinto la pareja de la Guardia civil. Uno era flaco, largo y bigotudo; el otro, rechoncho, gordezuelo y glabro. Entre los dos descendió Alberto á la estación. De camino iba dándose á todos los diablos.
Estando en el andén, poco antes de llegar el ferrocarril, Llamedo se acercó á Guzmán, lo tomó aparte y le comunicó con sigilo: