—¿Cuántas veces te he de decir que te guardes el xiblato en el c..., cacho de cabra? —le preguntó encolerizado el celador.

El alcaide le explicó á Alberto:

—Es un ratero que hace sus robos en combinación con una golfa. No hay vez que esté uno preso que no lo esté la otra también. Y como la galera de mujeres está aquí al lado se entienden por ese procedimiento de los gritos, que parece que cantan tirolesas.

Alberto pudo advertir que, evidentemente, en uno de los dos grupos, el más nutrido, todos los que á la redonda estaban sentados reconocían y reverenciaban, como de superior linaje ó condición, á un hombre membrudo, cetrino y muy barbado, con barbas que le brotaban impetuosamente desde lo alto de las mandíbulas y las sustentaban la base del rostro, á la manera de una valona tallada en ébano. Daba á entender con la solemnidad de los ademanes y la avaricia en el hablar que estaba poseído de su importancia. Sobre sus muslos reposaba, apoyándose lánguidamente, un mozo endeble, alombrizado y amarillo.

—¿Qué mira usted? —inquirió de Alberto el alcaide—. Es curioso, ¿verdad? Es el Morillo. Ya habrá usted oído hablar de él. Es quien mató al cura de Celorio, á tiros de carabina, cuando estaba celebrando misa. Dos meses escasos le quedan de vida, porque el que viene lo ahorcarán. Y para éste no hay remisión; bueno es el clero para consentir que se le indulte.

—¿Y el jovencito?

—Es la Fresa. Le pusieron ese mote porque, al parecer, antes era muy coloradito. Es un ratero. Vive constantemente en la cárcel. El mismo día que cumple vuelve á reincidir, porque lo aprisionen de nuevo. Algunos lo llaman la novia. No necesito enterarle de que se trata de un marica pasivo. Los presos se lo disputan, casi siempre á golpes. Ha habido verdaderas batallas campales á causa de él.

—Vamos, es la Helena de esta Troya.

—Algo de lo que usted dice —prosiguió el alcaide, que no sabía de mitologías—. El más fuerte se lo acapara, como en el mundo de los animales; sólo que los animales no acostumbran cometer infidelidad, y este desgraciado se goza en sentirse disputado y anda siempre encelando al amante de turno y encendiendo á los demás. Mire usted bien y verá que tiene un ojo casi pocho; de un puñetazo del Morillo. Todo esto es asqueroso y está prohibido severamente, pero es imposible de evitar. Por lo que á mí toca, parece natural que con el tiempo, y no viviendo sino entre estas gentes, se haga uno duro é insensible, y no es así. Cada día soy más tolerante, y hasta llego á creer que la responsabilidad es algo confuso que comienza de rejas afuera.

Las frases del alcaide iban inscribiéndose en la mente de Alberto como sentencias religiosas sobre tablas de bronce. Después de una pausa, añadió el alcaide: