—Puede usted quedarse aquí, si quiere. No se lo aconsejo. Mejor es que se venga usted á mi despacho; el reglamento lo consiente.

—Me gustaría hablar con ellos, preguntarles, saber...

—No sacará nada en limpio por ahora.

—¿Y si los convidase á algo?

—Pss. Pronto es la hora de la cena.

—Un rancho extraordinario quizá...

—Es ya tarde. Lo que puede hacerse es traer sidra.

—Sí, y cigarros para todos.

El alcaide anunció en voz alta que aquel señorito, compañero circunstancial de los presos, les brindaba con sidra y cigarros. Se oyó un rumor sordo, indefinido. Una voz dijo: ¡Olé! y otra: Calla tú cabrito. Se lo puede ofrecer á su señora madre.

Y el alcaide: