—Si á ti no te parece bien, Mellao, puedes dejar de beber y de fumar.

—Y aun cuando le parezca bien, también se quedará para que aprenda —afirmó el celador.

—Eso no —dijo Alberto—. Yo lo ofrezco con buena voluntad. Si alguno me desaira nada puedo hacer. Pero que sea siempre por su gusto, no por imposición.

Después de haber entregado dinero al celador, el alcaide y Alberto descendieron al despacho, de muebles desvencijados y mugrientos. Alberto se sentó en un diván al estilo Luis Felipe, de armadura de caoba y muelles vencidos del uso. Frente á él colgaba del muro un mapa con las cárceles y presidios, señalados en tinta roja.

—Supongo que esta sea la única noche que le tengamos en nuestra compañía.

—¿Por qué?

—Porque mañana depositará usted su fianza, le pondrán en libertad provisional, y luego, lo del juicio oral no será difícil arreglarlo con las relaciones que usted tiene. Según mis noticias, hay en contra suya indicios graves; pero á pocos se les condena por indicios.

Alberto sonrió tristemente.

—No se preocupe usted. Figúrese si yo sabré lo que son estas cosas... —explicó el alcaide, pretendiendo paliar supuestas amarguras de Alberto.

—No me preocupo por lo que usted supone. Ya se enterará usted pronto de que eso del juicio oral me tiene sin cuidado.