—Lo creo. La justicia... sobre todo en este país. Pero además, ¿quién es un hombre para juzgar á otro?

En esto, entró al despacho, saltando, una niña, un arrapiezo de siete años, aseada y pobremente vestida, paliducha, negros y vivos los ojos, y una melenilla corta de lacios cabellos oscuros. Corrió á besar al alcaide, el cual la acarició lentamente.

—Dale un beso á ese señor.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Alberto reteniéndola entre sus rodillas.

—María de la Luz Arizona y González, para servir á Dios y á usted.

—Luz; muy bonito nombre. Toma, para que compres un juguete, y te acuerdes de este señor que te lo da.

—De ninguna manera. Luz, almita, devuélvele ese duro.

—No faltaba más. Consiéntame usted, señor alcaide. Guárdatelo, nenita guapa —la besó repetidas veces, transido de una extraña ternura.

—Pero si es un disparate. Con una perra gorda tiene bastante.

Alberto había colocado la moneda en la palma de la niña; luego le había cerrado la manecita, y con la suya se la oprimía dulcemente.