—Así; porque yo quiero que Luz se acuerde de mí.

—Sea —manifestó el alcaide con muestras evidentes de reconocimiento—. Para todos los hermanos, ¿lo oyes, almita?

La niña salió, y asomó otra vez al poco tiempo.

—Se me había olvidado. Que ya está la cena.

—Dile á mamá que ceno en el despacho; que traigan dos cubiertos —Alberto se resistía—. Ahora soy yo quien dice: Consiéntame usted —y en saliendo la niña—: La de en medio; tres, delante; tres, detrás; los siete Dolores; y siete mil reales de sueldo —apoyó un codo sobre la mesa y la cabeza en el puño.

Entreveraron la comida con escasas palabras. El alcaide se esforzaba en distraer al comensal de su ensimismamiento, pero renunció pronto, considerando imposible la empresa.

La cena terminada, el alcaide asegundó la pregunta que al recibir á Alberto le hizo:

—Entonces ¿ordeno que dispongan una celda de pago?

—No, no; como todos. Es un antojo.

—Repare que son imposibles.