—Estoy ya hecho á dormir de mala manera.

—No lo dudo, pero por gusto; en cacerías, tal vez. Una cosa es hacer las cosas enojosas por gusto, y otra muy distinta hacer, aun las halagüeñas, por obligación.

Alberto repitió maquinalmente:

—¡Por obligación!... En este caso también es por gusto —añadió:

—La elección de celda, sí; pero la celda es obligatoria, al menos esta noche.

Sonaron unas campanadas. Luego un violín.

—Con su permiso. Vuelvo al instante.

El alcaide se ausentó por unos instantes.

—¿Ese violín? —interrogó Alberto, así que retornó el alcaide.

—Es mi Aurora, la mayor. Ella hubiera querido tocar el piano. Ya, ya... No nos podemos permitir esos gustos ni esos gastos.