—Desde las celdas de los presos, ¿se oye el violín?

—Ya lo creo, como lo oímos nosotros.

—Debe de ser triste para ellos.

Pausa. Y el alcaide:

—Nunca había pensado en ello.

Guardaron silencio. Alberto comenzó á pasear por la habitación. Oyóse el rodar de un coche, los muebles retemblaron.

—Un coche —murmuró Alberto.

—Sí, un coche —repitió el alcaide.

Tornaron las cosas al reposo. Y Alberto:

—¡Cuánta paz!