—Sí, cuánta paz —hizo eco el alcaide.

—¿Me consiente usted que me retire? Estoy fatigado.

—Usted me ordena. Le acompañaré hasta la celda. ¿Quiere usted algo para la noche: leche, agua azucarada...?

—Gracias. Agua simplemente.

—Ya tiene usted un cacharro allí.

Llegaron á la celda. El alcaide encendió un velón. Era un zaquizamí pardusco; un ventanillo enrejado, muy cerca de la techumbre. El ajuar: una mesuca, un taburete de madera y un catre con ropa limpia.

—Veo que viola usted el reglamento en honor mío —manifestó Alberto, sonriendo.

—No; de ninguna manera. Esto es lícito. Ea, adiós y que descanse. Y usted perdone que le encierre, para que vea que me atengo al reglamento.

Las paredes estaban surcadas de rasguños epigráficos. Alberto leyó:

Josefa, mi Josefa