mi tesoro.
Eres una cenefa
de oro.
Yo te adoro.
Luego obscenidades, blasfemias, toscos dibujos semejantes á los del arte cavernario.
Desnudóse Alberto, y en apagando el velón fuese á tientas al catre. Josefa, mi Josefa, se decía interiormente sin saber por qué. No acertaba á pensar con orden. Andaba á punto de adormecerse y se incorporó sobresaltado. Había creído oir una voz que susurraba: Anda; haz ahora humorismo.
XX
Despertóle el tañido de una campana. Era noche aún. Asomó un celador y le dijo que podía continuar durmiendo hasta las diez. Alberto respondió que deseaba levantarse, mezclarse y hablar con los demás presos, á lo cual el celador repuso que no estaba consentido hasta las horas de recreación.
Á las diez se presentó el Juzgado de instrucción. Venía á tomar declaración á Alberto. Este respondió secamente: