—Den ustedes por declarado cuanto apetezcan, porque no me da la gana responder á nada de lo que me pregunten y es inútil que intenten sacarme una sola palabra del cuerpo. ¡Ah! Y cuantos menos pliegos gasten, mejor: han de ser papeles mojados.
Muy presto pudo convencerse el juez de que Alberto cumplía lo prometido. Bajando las escaleras, expresó así sus impresiones, al actuario:
—Es una causa preciosa. Una de las más interesantes y emocionantes que me han caído entre manos. ¿Ha observado usted bien á ese tal Guzmán? —el actuario asintió con la cabeza—. ¿Y qué? ¿No cree usted advertir en su cráneo un alarmante índice de braquicefalia? Sí, sí, es un braquicéfalo.
—Lo que yo creo es que es un grosero, y estoy por decir que un guasón. Se gastaba á veces una sonrisita...
—Imbecilidad, pura imbecilidad.
Poco después de haber partido el Juzgado, un celador llegó á anunciar á Alberto que varios señores deseaban verlo.
—¿Han dicho los nombres?
—No puedo contestarle; por lo pronto sé que está el señor Renglón, el abogado. Usted habrá oído hablar de él. Es un pico de oro. Vaya, que no hay acusado que no saque libre.
Otro celador que pasaba, se detuvo en seco:
—No haga usted caso á ese lengüeta. Que los saca libre á todos... ¡Home, paez mentira que se diga eso! ¿Y la Pujola? ¿Y Tanón, de la Peñera? Abogado bueno, pero de verdad, y éste es el que debe usted nombrar, es don Rufino Valle. Además cobra menos que Renglón, pero mucho menos.