Iba á replicar el primer celador cuando acudió un tercero, atraído por lo que se disputaba:

—¿Queréis callar, que todo se os va por la boca? Ni Renglón ni Valle valen pizca junto á don León Berrueco. ¿Dejará éste de llevar veinte años de ejercicio más que los otros? No parece sino que os pagan por hacer el gancho —concluyó cínicamente.

—¿Y tú; de qué estás haciendo tú, sino de condón?

Alberto cortó la sucia disputa:

—Ni Berrueco, ni el don Rufino, ni Reglón ó Renglón. No se molesten ustedes. No necesito abogado. Lo soy yo, y me basto y me sobro. En cuanto al resto de las visitas, que no sean abogados, les suplico que les den un pretexto cualquiera; que estoy algo mal y no salgo de la celda. Cualquiera cosa; en resolución que no quiero hablar con gente de fuera—. En su entrecejo resaltaba una dureza agresiva.

Un celador pensó: «Demonio con el señorito. Ahora comprendo que haya desollado una zorra».

Durante todo el día Alberto hizo vida común con los presos. En un principio se le mostraban recelosos ú hostiles. Pero fué venciéndolos poco á poco, en fuerza de mansedumbre y sencillez. Cordial y mentalmente clasificó á los delincuentes en tres tipos, y á todos tres los consideraba irresponsables. Eran: Morillo, el deficiente moral; Ñeru, corrompido por la misma sociedad, y Fausto Peneda, pasional.

Fausto era quien leía, bajo la luz eléctrica, cuando Alberto entró por vez primera, acompañado del alcaide en la sala de recreación. Lindaba con los veinticinco años; hermoso y fuerte, la faz abierta y sanguínea, los ojos pardos, envedijado el cabello. De primera intención refirió á Alberto su desgracia y su vida toda. Había nacido en un pueblo llamado Liñán, de padres labradores en buen acomodo de fortuna. Había seguido el oficio de carpintero y prosperaba en él. Estaba enamorado y ya para casarse con una mocina, Telva la Palomba, que era blanca y nidia como la manteca. Pero el mal diaño quiso meter de por medio al mayorazgo de la Aceña. Figurósele («¡Era una feguración, señor; por el Cristo del Rosario!») que á Telva le caía en gracia el ricachón; ofuscóse y:

—Con un formón, mismamente aquí, hasta aquí —señalaba desde el cuello, cerca de la oreja, hasta el ojo izquierdo—. Con toda mi alma. ¡Ay, ay, la sangre que de allí salió...! Llenóme de enrriba á embajo. Cayó ella, y no sé como no caí yo. Anduvo á la muerte. Encausáronme. Ocho años me salieron. Ella curó. Aluego... Seguimos de novios. Cuando esté libre, que tendré treinta y tres años, casarémosnos.

—¿Y la cicatriz?