—Allí está, en aquella carina de rosa, que cuando la veo, en el locutorio, detrás de las rejas, quisiera morir. Del ojo izquierdo perdió la vista, pero está tan guapo como endenantes. Daba yo los dos míos porque ella viera. ¿Pa qué me sirven y pa qué me sirvieron? Pa ver feguraciones —y escondía el rostro entre las manos.
—Ánimo, Fausto —Alberto le dió amistosas palmaditas en la espalda—. Como usted observa buena conducta le indultarán pronto.
—Eso dicen, pero el mi indulto no puede llegar nunca. Si á mí no me condenó el jurao. La mi condena está escrita en aquella cara y no podré borrarla nunca.
—Pero ella le habrá perdonado ya, por lo que me dice.
—Eso sí. Si no... no quiero pensarlo. Pero falta que me perdone yo —calló. Luego hizo una transición—. ¿Y lo de usté?
—Lo mío, nada.
—Decían...
—Nada. Es un error.
—Pues alégrome. Pero nada de particular tendría. Los señoritos también son hombres. Ya ve usted yo... ¿quién me dijera...?
—No es que me envanezca, por no haber caído, ni que me atreva á condenar nada ni á nadie; es simplemente que estoy aquí por un error que se ha de desvanecer muy pronto. Y créame que no me arrepiento de haber venido.