Yendo de retirada pasaron por la celda de Fausto.
—Esta es mi celda; una casona majísima —y empujó la puerta.
Lo primero que vió Alberto fué una gran jaula de mimbres colgada del muro al lado de la ventanuca. Estaba vacía.
—¿Tenía usted algún pájaro en ella?
—Un mirlo. Trajéronmelo mis padres. Yo siempre tuve una gran cencia, ó si se quier pacencia pa enseñar á que siblasen los mirlos. En Liñán la mi carpintería era una rivolución. Seis mirlos llegué á juntar; uno siblaba la Bendita Madalena; otro, el Señor San Pedro. Pues ¿y uno que llegó á deprender la Praviana? —y sus ojos se empañaron de bruma. Volvió á coger el hilo del discurso—. Pues como le digo. Trajéronme mis padres un mirlo nuevo, pa que me entretuviera enseñándole cantares. Deprendía bien el condenao. Pero ¿querrá usté creer que cuando siblaba parecíame que hablaba? La de cosas que me decía, y todas tristes. Sobre todo quejábase de que lo tuviera preso. Y era verdad. Dábame miedo y soltélo. Marchóse esnalando y riéndose de mí.
Se separaron. Alberto fué á guardarse en su celda. No aceptó el convite del alcaide para la cena, alegando dolor de cabeza. Pero el dolor lo tenía en el alma, lacerándosela. Á veces, el pecho se le enfervorizaba, con un ansia de apostolado. Y se decía: «Pero ¿adónde voy yo, flojo, desmayado, corrompido?» De pronto, pensaba diluirse en aquietante y suave blandura. Y era el recuerdo de Fina, del cual estaba saturado misteriosamente.
Á la mañana siguiente, á punto que un celador entró á despertarle, dormía hondamente. El sol, alto ya, metíase á fisgar por el ventanuco.
—Debe de ser tarde.
—Cerca de las once. El señor director dice que se vista pronto y que baje. La señora que creían —hizo un alto— asesinada por usted se ha presentado en el Juzgado, tan fresca. Está usted en libertad.
Aseado y vestido, Alberto descendió al despacho del alcaide, por despedirse de él y darle las gracias. Una dama elegante, con traje sastre de recio género á cuadros, estaba sentada de espaldas á la puerta. Una mantilla de blonda delicada la envolvía al desgaire la cabeza, cuyo rubio de bronce bruñido se traslucía entre las mallas de seda. Púsose en pie oyendo los pasos.