—¡Rosina!

La muchacha escondía el rostro, inflamado de rubor. Se decidió á balbucear:

—Yo no sabía... Te lo juro. He sido la causa, pero no tengo culpa. ¿Me perdonas? ¿Me perdona usted?

—Sí, mujer. Me perdonas; estaba bien como estaba. ¿No te he de perdonar? Vamos andando.

Antes de marchar, Alberto se apartó un trecho con el alcaide:

—Cuando entré, convencido que no debía estar aquí, me pareció el caso injusto, pero sobre todo ridículo. Pues, anteayer yo no sabía aún lo que era injusticia. Ahora que salgo, creo firmemente que merezco permanecer dentro. No sólo yo...

El alcaide se encogió de hombros sonriendo:

—No le entiendo á usted. Desde que le vi por primera vez me ha causado usted inquietud. De todas suertes cuente usted que soy su amigo.

Se estrecharon calurosamente la mano y se despidieron.

Un sol enfermizo y apocado oreaba las encharcadas calles. Alberto y Rosina marchaban á la par, sin mirarse y hablando de raro en raro.