—Llegué esta mañana en el rápido de las seis y media. En la fonda estuve hasta las diez y á esa hora fuí al Juzgado. Del Juzgado á la cárcel. Yo no sabía nada, hasta que ayer mañana me lo dijo él; había recibido un telegrama. ¿Sabes quién es él?

—Sí.

—Como él no quiere que nadie sospeche nada, por eso la gente me daba por muerta. Tiene gracia. ¡Y yo que te creí muerto á ti...! Ya te contaré.

Alberto se dió cuenta de que inadvertidamente iban á pasar por delante de casa de Fina.

—Demos la vuelta, demos la vuelta —suplicó azorado.

Torcieron por una calle solitaria y salieron al parque. Las hojas secas, amarillas y rojizas, tapaban senderos y veredas. Sentáronse en un banco. Alberto volvía sobre el tiempo que había corrido desde que en aquel mismo paraje había estado por primera y única vez con Rosina, caída ya la noche. Repasaba rápidamente los acontecimientos; el estropicio de las obras de arte, las normas morales sugeridas por los animales domésticos, el beso de Fina, la noche en Villaclara, el Pichichi, el juez zumbón y el juez solemne, el olor á humedad de la fortaleza, el Morillo, Fausto... Creía hallarse á punto de despertar de un sueño. Y aquel sol apagadizo y tembloroso como que desmaterializaba las cosas. Se pasó la mano por la frente. Entre tanto, Rosina hablaba, imaginando ser oída con suma atención, y con el paraguas empujaba de un lado á otro las hojas secas:

—Pero, calla. Si se me pasaba lo principal. Mariquita y la Luqui estuvieron esta mañana en la fonda. No puedo comprender por dónde se enteraron. Mira que para madrugar esa gente ya se necesita... Mariquita me pidió veinte duros que le debía. La Luqui, me miraba, me miraba, me miraba...

Alberto, que alcanzó las últimas palabras, preguntó distraído, por decir algo:

—¿Y qué te dijo?

—Dijo: ¡Ay, qué leche!