Alberto fué el último en abandonar la mesa. Concluído el recio desayuno británico, levantóse y salió con perezoso paso, apercibiendo la pipa con que borrar un gustillo epiceno á arenques, jamón, té de Ceylán y mermelada de frambuesas que se le estacionaba en el paladar.

Entró en el hall, y, como por máquina, acercóse al casillero de caoba en donde se distribuía la correspondencia de los huéspedes. Repasó las cartas de la casilla A, de Alberto; luego las de la D, de Díaz, y las de la G, de Guzmán. Y se alejó, sonriendo y pensando: «Pero, ¿de quién voy á tener yo carta?» No se atrevía á confesarse á sí propio que siempre estaba aguardando una carta, cierta carta.

Penetró en el smoking-room, y fué á sentarse, ó, por mejor decir, hundirse en una poltrona de cuero granate, de esas que se acostumbran llamar Rostchild. Se colocó de espaldas á una ventana y á la vera de la chimenea, que en aquel momento bramaba con toda actividad. Levantó los pies hasta apoyar los talones á la altura de su cabeza, sobre un friso de azulejos verde-cinabrio y amarillo-ámbar que cerraba el hogar. Alargó la mano, sin mirar, con voluptuosa lentitud hasta una mesa que á su izquierda tenía, de caoba y el tablero de rojo cobre batido; buscó á tientas hasta dar con el cerillero, de cobre también; encendió, con un golpe hábil y violento, la gran cerilla de palo, y luego la pipa; hojeó un periódico, que dejó caer luego sobre la alfombra; entornó los ojos. Dulces escalofríos le sacudían el cuerpo. Se sentía en satisfactoria plenitud animal.

Se le acercó Mister Marshall, dándole un golpecito en el hombro.

—¿Sueño?

Alberto abrió los ojos.

—No, nada de eso. He dormido muy bien.

—Niebla —añadió Mister Marshall señalando con mano temblona uno de los ventanales.

Mister Marshall hablaba siempre en estilo telegráfico. Su avaricia alcanzaba hasta á los vocablos que había de emplear. Tenía invencible inclinación á rascarse mimosamente las plantas de los pies, y estando en zapatillas se despojaba de ellas, sin consideración alguna para con las gentes que en torno suyo se hallaran. Aunque casi octogenario, se conservaba rozagante y activo, sin otra preocupación que la de bañarse subrepticiamente, de suerte que en la cuenta semanal del hotel no le cargasen los baños; en este linaje de defraudaciones era un maestro, y no era raro que, aunque lacónicamente, se jactase de su pericia. Por ejemplo; extraía la nota semanal de un bolsillo, la golpeaba con un dedo, decía, «cuatro baños», y luego soplaba. Esto quería decir que había birlado seis chelines en la agencia del hotel, á chelín y medio por cada baño. Su rostro era maravillosamente inexpresivo. Los ojos estaban soterrados por la carne, y allá en lo hondo de una especie de arruga se adivinaba una aprensión de brillo acuoso é incierto, no una mirada, sino el espectro de una mirada. Su piel era tersa y á manera de musgo de sutiles filamentos sanguíneos; su nariz corva, bigote y patillas blanquiahuesados; gran panza. Provocaba el antojo de imaginarlo ataviado á lo John Bull, con chistera de colgajos, blanco pantalón ceñido y medias botas de charol con vuelta de cuero naranja.

Á Alberto le solazaba en extraordinaria medida aquel viejo egoísta. Un día le había preguntado: