—¡Hombre extravagante! —que quiere decir hombre despilfarrador, murmuró Mister Marshall poco después—. ¿Camarera?
—Pues es verdad... Le contaré. Es muy guapa. ¿Eh?
—Bella.
—Ya lo creo. Pues... me parece que la voy á sacar del restaurant, ponerla un flat, un pisito.
—¿Matrimonio?
—Ni por pienso.
—Estupidez.
En esto entraron en el smoking-room la señorita Svenson, la señorita Jansen y la señorita Brandes, suecas las tres. Á la zaga de ellas venía el joven Rajnaj, hermano de la Svenson. La señorita Svenson era una adolescente adorable, de fornida y elástica muchachez, á propósito para llegar á esposa y madre de héroes. El pelo, rubio-fieltro, ceñido al cráneo, como un capacete; los ojos acaramelados y con esa atención asustadiza de las alimañas rústicas; la piel melosa, mate, y así como con un reflejo luminoso de las nieves natales. No adelgazaba la cintura con justillo ó corsé. Á través de los vestidos se descubría el suave curso de la carne curva y la empinada independencia de los nacientes senos. Uno de sus más dulces incentivos, que inducía á ser tratado con besos y mimo, era la blanca nuca, y el modo simétrico de nacer los dorados cabellos, como por obra de un orífice. En junto, la señorita Svenson ofrecía un armonioso regalo de miel, y como la miel, con un no sé qué postrero de asperezas. En aquella ocasión llevaba, como Rajnaj y la señorita Brandes, la gorra de veludillo blanco y azul con visera de charol de los estudiantes suecos.
La señorita Jansen era hermosa y majestuosa, mucho más talluda que la Svenson y maestra superior en Estocolmo. Era también bella, lo cual no se echaba de ver hasta tanto que se despojaba de unas poderosas antiparras de miope. Por el aire y el gesto entendíase que se arrogaba ciertas funciones directivas sobre sus compañeras.
La señorita Brandes era acaballada y ciclópea; los ojos, gris muerto y con estrabismo divergente, como las ranas. Mister Coleman, un viejo verde canadiense que habitaba en el mismo hotel, andaba al parecer todo rijoso á la zaga de la Brandes, á pesar de su consorte, gordinflona y escamona. Algunas noches, en el salón, inducía á la señorita á que tocase el violín, agudo expediente mediante el cual todos los que allí se encontraban iban huyendo furtivamente, por librarse de la endiablada música, y á la postre quedaban solos el viejo y la Brandes, que Missis Coleman á tales horas se había retirado á dormir. El canadiense, en los corrillos de chismorreo del smoking-room, aseguraba que la Brandes era de conducta liviana y que por enardecerle le había mostrado en repetidas ocasiones y como al descuido sus piernas. Y ¡qué piernas! Nadie se lo creía.