Rajnaj era un jovenzuelo encogido, muy largo y colorado. La expresión de alimaña inocente que animaba los ojos de su hermana, en él era más intensa.
Los cuatro, en pelotón, se acercaron á donde estaba Alberto. La Svenson hacía muequecitas y cerraba los ojos, protestando de esta manera del mucho humo que había. Según pasaban, Mister Spofford, un gorila gigantesco que inspiraba poca confianza por susurrarse de él que era corredor de apuestas en las carreras de caballos y no muy limpio en los negocios, se quedó mirando á la señorita Jansen con lujurioso cinismo.
—¿Estamos listos ya, señor Guzmán? —preguntó la Jansen.
—Listos ¿para qué?
—Para ir á la galería Tate.
—¡Qué contrariedad! Hoy me es imposible —Y acarició con los ojos á la Svenson, la cual, con leve rubor y mohín de disgusto, dijo:
—No quiere usted venir con nosotras... Prefiere usted hablar con el loro —empleó el francés, que Mister Marshall no entendía, porque él en persona era el aludido loro, que en aquel momento se rascaba el piojillo de la patita con perfecta desenvoltura.
—Elín, Elín... No seas cruel —reconvino la Jansen.
—No es eso, Miss Svenson. ¿Habrá para mí nada más agradable que ir con ustedes? —Con los ojos le estaba diciendo: con usted solamente—. Pero, me es imposible.
—¡Qué lástima! Su compañía siempre nos es provechosa —aseguró la señorita Jansen.