En este punto apareció Mister Coleman, vestido con Norfolk jacket y breeches de recia estofa, medias de lana, y pumps ó escarpines de baile. Fumaba en su desmesurada pipa de cuello de calabaza, y fué aproximándose, como sin pretenderlo, al grupo de las muchachas. Cuando ya estaba cerca, surgió su consorte, que tenía algo del hipopótamo, en el continente mayestático. El viejo canadiense hubo de huir, algo corrido.
—Pero ¿de veras no viene usted con nosotras? —decía suplicante la Svenson—. Á mí que me gusta tanto oirle hablar de arte... Verá usted; visitamos la galería, luego hacemos el lunch todos juntos, luego vamos á un parque ¿eh? —y daba discretos saltitos infantiles.
Alberto hubiera estado toda la vida ante ella, oyéndola hablar y viéndola hacer gestecillos con aquella gracia severa, en rudimento, tan distinta de la latina.
El gran gorila vino hasta la mesa en donde estaba el tabaco de Alberto, y, con encantador desahogo, se aplicó á cargar su pipa, como si se tratase de un bien mostrenco, y entretanto lanzaba dardos de concupiscencia al rostro de la solemne Jansen, la cual, sin poderse reprimir, se despidió:
—Otro día será, señor Guzmán. Adiós. Vamos.
Alberto apretó y retuvo la mano de la señorita Svenson. La niña, con la otra mano hacía ademán de dar azotitos, exclamando:
—¡Qué malo! ¡Qué malo! Estoy enfadada con usted.
Alejóse. En perdiéndola de vista, Alberto entornó los ojos, por acariciar algunos momentos más el recuerdo de su figura. Oyó que Mister Marshall murmuraba, algo misteriosamente:
—Tipi, tipi —decía el anciano.
Abrió los ojos Alberto y vióle golpearse con una mano sobre el corazón.