—¿Cuál de los dos? —preguntó—. ¿Yo ó ella?

Mister Marshall levantó dos dedos.

—Tiene gracia. Quizás; un poco —sonrió, cerró nuevamente los ojos. Sentíase en un estado que se parecía á la tristeza, como la niebla se parece á la lluvia, según la frase de Longfellow. La Svenson le recordaba otras mujeres, estrellas errantes de su vida sentimental, que habían nacido y muerto en la sombra, pasando sobre su corazón efímeramente, á quienes había amado un poco y que le habían amado un poco, y hubiera llegado á amarlas mucho y á ser muy amado quizás. Era la danza de las posibilidades y como el girar de la ruleta. Acaso su número había pasado para siempre. Pensó también en Fina, á quien creía no amar ya, pero cuyo recuerdo le asaltaba inopinadamente y con alguna frecuencia.

—La camarera, ¿qué? —preguntó Mister Marshall.

Cuando Alberto se volvió á contestar al viejo, éste había ganado algunos grados de ignición en la epidermis, tal vez á causa del esfuerzo de pronunciar tres palabras seguidas, tal vez avergonzado del despilfarro.

—Pues nada, querido Mister Marshall, que hoy al medio día espero noticias concretas. Yo la he propuesto que deje el restaurant. Hoy á las doce recibiré carta de ella, diciéndome su decisión y punto de cita en donde esta tarde hemos de vernos.

—Estupidez.

—Ya me lo ha dicho usted dos veces.

—Estupidez —repitió el viejo, más rojo que nunca.

Alberto rompió á reir.