II
Sonó una bocina de automóvil. Á que es Bob, se dijo Alberto. Era Bob. Penetró en el smoking-room pisando recio, abriendo el gabán de pieles y sin conceder atención á ninguno de los presentes, como no fuera á Alberto.
—¡Ea, deprisa, deprisita, mi amigo! —ordenó festivamente, con el acento cantarín y muelle de los chilenos.
—Pero, hombre, ¿cuándo? ¿adónde? ¿por qué?
—¿Cuándo? Ahora mismito nos arrancamos. ¿Adónde? Á mi casa. ¿Por qué? Porque todos le están esperando allá para almorzar.
—Es el caso que, lo siento mucho, pero no puedo, Bob.
—¿Cómo que no puede? —y tomando á Alberto por un brazo le obligó á ponerse en pie. Alberto se resistía.
—Es usted un tirano. Voy á explicarle y se convencerá.
—No quiero explicaciones. Nancy, Meg y Ben le están esperando á usted. Vamos á la habitación y póngase listo.