—Subito —hizo eco Marietta, con voz doliente y lejana.
Penetraron en la alcoba de Alberto.
—Yo tengo que afeitarme, Bob.
—Bueno, pero deprisa —Bob echaba un vistazo á los libros alineados sobre una mesa—. Estos libros que pudiéramos llamar de alcoba dan la expresión espiritual de un hombre.
—Pues el mío, como verá, digo mi espíritu, es bastante inexpresivo.
Bob fué recorriéndolos: uno de filosofía titulado El pensamiento humano, sus formas y sus problemas, de autor danés; una estética, de Croce, y una historia de las ideas estéticas, por Knight; el Quijote, la Celestina y el Cortesano; un tratado de Astrología y otro de Alquimia, luego catálogos críticos de algunas pinacotecas célebres y un pequeño cuaderno con reproducciones de Sandro Botticelli. En la mesa de noche yacían algunos números de Sol y Sombra, junto á un despertador encerrado en estuche de cuero, y David Copperfield, de Dickens.
—¿Qué saca usted en limpio? —inquirió Alberto, la cabeza en violentísimo escorzo, á fin de aplicar la Gillette á la pelambre de las mandíbulas.
Bob no respondió. Estaba absorbido en contemplarse al espejo. Se atusó la puntiaguda barba pajiza; abrió la boca y se miró la dentadura, haciendo sonar sobre ella los dedos, á modo de rasgueo; se colocó de perfil, estiró el chaleco y echando hacia atrás gabán y chaqueta examinó, fruncidas las cejas, el perfil anterior del cuerpo.
—Tengo miedo al vientre. Es lo que nos inclina á la tierra, á la nada.
Tenía cuarenta y cinco años; el aspecto cabalmente juvenil y viripotente. El labio inferior harto carnoso y lacio, daba al rostro expresión de bobería, corregida por lo afilado de los ojos grises.