—¿Por qué? Ya ve usted, Orígenes...

—Tiene razón el señorito —intervino Manolo.

Jiménez se volvió hacia el criado, haciéndole una mueca de estupefacción. Alberto, sin poder dominar una sonrisa, habló, mientras hacía el nudo de la corbata.

—Pero, hombre, ¿á ti quién te mete?

Manolo salió muy avergonzado por haber expuesto este rasgo de cultura á la burla del señorito.

Jiménez tomó del suelo un pedazo de escayola:

—Esto parece un seno.

—Y lo es; de la Venus de Milo.

—Infeliz señora. ¿Y esta obscenidad? —Mostraba un fragmento con la base del vientre y la coyuntura de unos muslos femeninos.

—De la de Médicis.