—Veo que no ha respetado usted nada —añadió Jiménez, revolviendo con el pie pedazos de fotografías y de lienzos—. ¡Ah, sí! Aquí hay una mujer que se ha salvado. ¿Quién es? —Y señalaba á la Gioconda.
—El velo de Isis.
—¿Eh?
—Lo que fué, lo que es, lo que será. Nunca mortal alguno levantará el velo de su inmortalidad.
Apercibíase Jiménez á comentar burlescamente las palabras cabalísticas de su amigo, cuando Telémaco, con sus desesperados maullidos, puso en turbación el reposo de la casa. Oíase también á Manolo, que inducía al gato á meterse en un cesto, dirigiéndole interjecciones enérgicas.
—Tendré que ir yo —dijo Alberto, y salió seguido de Jiménez.
Manolo había hecho presa en Telémaco, sirviéndose de una arpillera que le abroquelase contra las uñaradas de la fierecilla. Sin miramiento ninguno para con el animalucho, pretendía incluirlo en el cesto empujando á puñadas, como si se tratase de un rebujo de ropa sucia. Pero el gato se encrespaba, maullando rabioso, y tantas veces como se le metía, botaba fuera como por arte de encantamiento.
—Creo que mejor lo dejamos, señorito.
—Tiene razón Manolo —corroboró Jiménez.
—Imposible. He arrojado todos mis libros al patio y mis textos, de aquí en adelante serán Sultán y Telémaco.