—Vosotros os quedáis aquí.

Fina intercedió. Mármol consintió que fueran.

—Adiós, y que sea enhorabuena —dijo Fina despidiéndose.

—¿Por qué?

—Por estos chicos tan hermosos que tiene usted.

—Adiós, y que sea también enhorabuena —Mármol sonreía de un modo bondadosamente maligno.

—¿Por qué? —dijo á su vez Fina.

—Por ahora no hago más que darle la enhorabuena de nuevo, y dármela á mí por haber tenido el honor de conocerla y estrechar su mano.

Se inclinó, rendida y ceremoniosamente, y se apartaron. Los cuatro niños fueron al principio en torno de Fina, guardándola como una corte de pajecillos, pero muy pronto se dieron á correr y á afrontar mil temerosas aventuras, que metían en un puño el corazón de tita Anastasia. Esguilaban los árboles, vadeaban los arroyos metiéndose en el agua hasta media pierna, hostigaban á las vacas con propósito resuelto de enfurecerlas, desafiaban el encono gruñón de los canes rústicos, se mofaban de las campesinas y apedreaban á los gañanes.

—Estaivos quietos, rapacinos, por amor de Dios —suplicaba tita Anastasia, pensando que de un momento á otro iba á ser víctima de una vaca, un perro ó un aldeano frenéticos—. Pero ¿tú ves, Fina? Son los mesmísimos diaños.