Fina se divertía en grande con las diabluras de los muchachos.
—Claro —agregaba tita Anastasia sentenciosa—, de tal palo, tal astiella.
—Ea, tita Anastasia, que no quiero que hagas suposiciones á costa de ese señor.
La anciana recogió velas.
—Él, parecer parece muy simpático. Y te miraba de una manera... Dicen que es un calaverón.
—Dicen, dicen... Tita Anastasia, ¿tú te guías por lo que dicen?
—Líbreme Dios, palombina. Tú siempre tienes razón.
Terminado el paseo, Fina emplazó á sus jóvenes é indómitos amigos para el día siguiente, en el campo de instrucción.
Al día siguiente salieron solas Fina y tita Anastasia, porque al pequeño calmuco no le había sentado muy bien el sol. En el sitio convenido encontró á los cuatro muchachos, muy cariacontecidos y amurriados. Alfonsín, que era la persona de confianza del padre, explicó la causa.
—Papá nos prohibió terminantemente que fuéramos hoy contigo. Y tan guapa que vas hoy, vestida de blanco.